Museo de Escultura al Aire Libre de La Castellana, un joya en el corazón de Madrid [#JuevArte]

En pleno corazón de Madrid, podemos ver, tocar y, sobre todo, disfrutar las 24 horas del día de las obras de escultores españoles de la talla de Eduardo Chillida, Joan Miró, Julio González, Martín Chirino, Pablo Serrano o Manuel Rivera. Sólo hay que visitar el Museo de Escultura al Aire Libre de La Castellana, posiblemente uno de los atractivos artísticos de la capital de España más desconocidos.

El origen de este museo hay que buscarlo en la construcción del puente bajo el que se encuentra ubicado. Este paso elevado, de 320 metros de longitud por 16 metros de anchura y que conecta las calles de Serrano y Eduardo Dato, se inauguró el 23 de septiembre de 1970 y el proyecto corrió a cargo de los ingenieros Alberto Corral López-Doriga, José Antonio Fernández Ordóñez y Julio Martínez Calzón. El tablero del puente lo construyeron combinando el acero cortén (que le da ese tono cobrizo) y hormigón blanco, mismo material que utilizaron para los grandes pilares que lo sustentan.

El proyecto original se completaba con la creación de una zona ajardinada y la construcción de una galería comercial. Pero los ingenieros decidieron dar un giro y plantearon la posibilidad de crear un espacio innovador en España: un museo al aire libre. Recurrieron al artista cinético Eusebio Sempere, quien se involucró rápidamente en el proyecto.

El principal obstáculo con el que se encontraron fue el económico, pero Sempere logró solventarlo al conseguir involucrar en el proyecto a otros 16 escultores de la vanguardia española de la época convenciéndoles para que donasen (ellos o sus familias en los casos de los que ya habían fallecido o estaban en el exilio) una escultura cada uno al futuro museo. En algunos casos, donaron obras ya realizadas previamente y, en otras, esculpieron la pieza exprofeso para el museo. De este modo, el Estado sólo debía hacerse cargo del coste de los materiales y la instalación de las piezas. Eusebio Sempere, además de esta brillante gestión oprganizativa, aportó la barandilla del puente, los asientos en forma de “S” que se encuentran distribuidos por todo el museo y una fuente que alberga en su pila una escultura del artista canario Martín Chirino.

El 7 de julio de 1971 el proyecto Parque-Museo fue presentado a la Gerencia de Urbanismo para ser sacado a concurso. Los objetivos principales del proyecto eran crear un espacio común para el disfrute de los ciudadadanos y acercar el arte contemporáneo al pueblo español, algo poco habitual en ese momento. Sólo un año después, el museo se abrió al público con 17 obras escultóricas de 17 artistas españoles: Andreu Alfaro, Eduardo Chillida, Martín Chirino, Amadeo Gabino, Julio González, Rafael Leoz, Marcel Martí, Joan Miró, Pablo Palazuelo, Manuel Rivera, Gerardo Rueda, Alberto Sánchez, Eusebio Sempere, Pablo Serrano, Francisco Sobrino, José María Subirachs y Gustavo Torner.

El espíritu del museo era crear un diálogo entre las obras, su entorno y los visitantes, los cuales podrían ver, disfrutar y tocar las piezas debido a los materiales con los que están esculpidos así lo permitían.

Todas las obras expuestas tienen calidad e interés, pero yo destacaría las siguientes:

“Toros ibéricos” (1957-1958) que el escultor toledano Alberto Sánchez (conocido artísticamente como Alberto) realizó en su exilio moscovita tras la Guerra Civil. En esta obra de bronce, se vale de volúmenes cúbicos para aglutinar en una sola pieza varios cuerpos de toros.

“La petite faucille” (1937) de Julio González nos muestra su capacidad para, como solía decir, “dibujar en el aire”. Observamos una figura filiforme la representación aún figurativa de una figura femenina sosteniendo una hoz.

“Mère Ubu”, esculpida en 1975 por Joan Miró. El empleo de suaves curvas y el juego de presencias y ausencias espaciales, unido a un deslumbrante pulido, convierten a esta obra en una de las joyas del museo.

En la parte superior del museo nos encontramos con la fuente realizada por Eusebio Sempere en la que reproduce el motivo en “S” de la barandilla del puente. Y en el pequeño estanque donde desembocan sus aguas nos encontramos con una de las mejores piezas de la colección, la escultura “Mediterráneo” del artista canario recientemente fallecido Martín Chirino.

Esta escultura pertenece a la serie “Mediterráneas” iniciada tras una estancia de dos meses en Grecia en el verano de 1964. La característica de esta serie es la introducción del color, algo totalmente novedoso en la producción de este artista. Es probable que quisiera evocar con este cromatismo los espectaculares atardeceres que pudo disfrutar en tierras helenas. Esta obra en particular fue realizada con láminas de acero soldadas y sus curvas y contracurvas le aportan un dinamismo y una expresividad que se ve acrecentada por el sonido del agua de la fuente de Sempere. Un gran conjunto.

Justo delante nos encontramos con la obra “Estructuración hiperbólica del espacio” del arquitecto y urbanista Rafael Leoz. Su gran a aportación al ámbito de la arquitectura fue la creación de su conocido Módulo Hele (conocido como módulo Hele).

Su carácter de investigador geométrico se ve reflejado en esta escultura de acero inoxidable, elaborada por una sucesión de cuerpos geométricos dispuesto en orden decreciente en una secuencia que se repite tres veces: un cubo que contiene un poliedro de seis cuadrados y ocho hexágonos (conocido como poliedro de lord Kelvin) que a su vez contiene un octaedro regular. El resultado es una pieza de gran complejidad.que busca, en palabras del propio autor «la representación volumétrica, simbólica y compendiada», en la que se estudia una determinada división y ordenación espacial del cubo».

La obra que Eusebio Sempere donó al museo fue este «Móvil» (1972) de tres metros de anchura por dos de altura realizado con varillas de acero inoxidable de fabricación industrial. Sempere fue un maestro de los juegos ópticos, y en esta escultura lo demuestra, ya que debido a la ligereza de la obra, una fuerte corriente de aire o las vibraciones del propio puente pueden poner en movimiento el propio la escultura, con lo que se generan la alteración ópticas y el efecto famoso efecto “moiré” (sensación visual producida por la interferencia de dos rejillas con un ángulo, tamaño o forma ligeramente diferente y genera una sensación de movimiento).

Al otro lado de la Castellana, encontramos la obra que cierra el museo y que pertenece a la serie comenzada en 1966 titulada “Unidades- Yunta” del aragonés Pablo Serrano. Está formada por dos piezas de bronce que pueden exponerse por separado (como están en el museo) o unidas, ya que están diseñadas para encajar perfectamente. El autor trató de simbolizar la fusión de fuerzas opuestas, la unión de la materia interior y de la exterior. Esta dicotomía también se advierte en la textura de la obra, siendo rugosa en su parte externa y muy pulida en las partes internas (cubiertas, además, por una pátina dorada).

La obra que probablemente más curiosidad despierte de todo el museo es la de Eduardo Chillida titulada originariamente “Lugar de encuentros III” (1972) y que forma parte de una serie en la que el escultor vasco experimenta con un material novedoso en su obra como es el hormigón armado. El significado y objetivo de esta obra nos lo explica el propio autor con estas palabras: “El nombre le viene de su misma esencia. Es un Lugar de Encuentros entre las personas. La escultura está a 70 centímetros del suelo, una altura humana. Y los espacios interiores de la obra son como los pulmones de la escultura, entre los cuales la gente se puede meter y encontrarse”.

Sea como fuere, la realidad es que la pieza vivió un peregrinaje que la llevo en primer lugar a la Fundación Maeght de París y después a la Fundación Miró de Barcelona, en donde permaneció hasta que el 2 de septiembre de 1978 (y tras muchas presiones especialmente de los artistas de su generación), volvió a ser instalada en el lugar que actualmente ocupa en el museo. Este peregrinaje y vicisitudes le valió el sobrenombre (impulsado fundamentalmente desde el ámbito periodístico) por el que se la conoce hoy día, “Sirena varada”.

La cuidada iluminación nocturna intensifica la espectacularidad del entorno e invita al transeúnte a detenerse y disfrutar de un ambiente agradable y mágico.

Se trata, pues, de uno de un museo en el que disfrutar e interactuar al aire libre con las obras de algunos de los mejores escultores españoles del siglo XX. Y además, 24 horas al día y 7 días a a la semana.

Para saber más:

Página del Ayuntamiento de Madrid dedicada all Museo de Escultura al Aire Libre de La Castellana:

https://www.madrid.es/portales/munimadrid/es/Inicio/Contacto/Direcciones-y-telefonos/Museo-de-escultura-al-aire-libre-de-La-Castellana?vgnextfmt=default&vgnextoid=252434f3409ab010VgnVCM100000d90ca8c0RCRD&vgnextchannel=bfa48ab43d6bb410VgnVCM100000171f5a0aRCRD

Joachim Patinir, “el buen pintor de paisajes” [#JuevArte]

Amberes, 1515. Las calles de esta ciudad, de cerca de 50.000 habitantes, son un hervidero en las que el auge económico se hace notar en cada esquina. En uno de los numerosos gremios de pintores de la ciudad, el de San Lucas, un joven y desconocido pintor nacido en la localidad de Dinant (al sudeste de Bélgica), se inscribe como nuevo integrante. Se trata de Joaquim Patinir, el considerado primer pintor de paisajes.

Historiográficamente, forma parte de los conocidos como pintores primitivos flamencos, grupo al que pertenecen figuras como Van Eyck, Van der Weyden, Van der Goes o Gerard David.

De este pintor flamenco tenemos pocos datos biográficos. Sabemos que debió nacer entre 1480 y 1485 y que desarrolló su carrera íntegramente en Amberes. Se casó en dos ocasiones y tuvo 3 hijas: Brigitte y Anna con su primera esposa (Francine Buys) y Pertenelle con Jehanna Noyts, su segunda mujer. Los archivos de la época nos informan de que en 1524 Jehanna Noyts ya era viuda, por lo que Patinir debió fallecer ese mismo año. También sabemos que ambas mujeres pertenecían a familias adineradas, es decir, que Patinir disfrutó de una cómoda situación económica tras sus casamientos. Esto explica que realizara tan pocas obras, en torno a 60, ya que no necesitaba pintar para vivir. De entre ellas existen en este momento 29 obras que consideramos obras suyas.

Cuando Patinir llegó a Amberes, sabía que era el centro neurálgico de la pintura en esa época y que la competencia que iba a tener iba a ser muy grande (más de 100 talleres de pintura y todos los días del año una lonja abría con más de 300 puestos de venta de cuadros). Si quería destacar debía crear algo distinto. Por eso decidió que la novedad que aportaría su pintura sería totalmente revolucionaria: en sus cuadros, el paisaje tendría todo el protagonismo.

Especialmente habitual era, en esa época, la representación de un paisaje visto a través de la ventana de una estancia en la que se desarrollaba una escena (conocido como representación de “los lejos”). Su arriesgada apuesta logró su objetivo, rápidamente obtuvo un gran éxito y los encargos empezaron a llegarle.

No sólo innovó en cuanto a la temática del cuadro, sino que creó un estilo personal y reconocible caracterizado por la representación de paisajes rocosos y, en muchas ocasiones, ríos y lagunas. Esas peculiares rocas y ríos que vemos es sus tablas es muy probable que sean recuerdos de su Dinant natal, donde existen estructuras rocosas prácticamente idénticas (conocidas como “Rocher Bayard”) y el cauce del río Mosa, que baña esta bonita localidad, es prácticamente igual al que aparece reflejado en muchas de sus obras.

También es muy peculiar y original el tipo de perspectiva que utiliza. Consiste en la utilización de franjas horizontales paralelas de terreno que se superponen en retroceso hacia el fondo. La de primer término se ve desde arriba y permite examinar de cerca las figuras y objetos representados. La franja inmediatamente superior representa cuando el paisaje se aleja, y el punto de vista se acerca más al del nivel de los ojos; y la tercera franja presenta un horizonte muy alto y la mirada se convierte adquiere un carácter más telescópico. Además, las personas, vegetación y animales representados en el cuadro se ven siempre de frente, sea cual fuere su colocación en el cuadro. Este tipo de paisaje tan peculiar fue denominado “paisaje del mundo”.

Desde el punto de vista cromático también advertimos esa división en franjas, predominando los tonos pardos, verdes y azules según ascendemos en la escena, apareciendo casi siempre un gran fogonazo blanco en lo más alto de la obra que rompe la línea con el horizonte. Pero es ese azul tan intenso y maravilloso el que es más fama y prestigio ha dado a Patinir. Para lograrlo utilizó pigmentos de azurita, un carbonato básico de cobre que logra dar ese aspecto

Otro aspecto que hay que señalar en referencia a su estilo es la influencia de El Bosco, además de la de los miniaturistas de la época

Se cree, como ya señalamos anteriormente, que pintó alrededor de 60 cuadros, de los cuales sólo conservamos 29. En la actualidad, 4 están en el Museo Nacional del Prado, 1 en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, 1 en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza y el resto se encuentran diseminados por Europa, Filadelfia, Mineápolis y Nueva York. Sabemos que uno de sus grandes admiradores fue Felipe II, que llegó a reunir en vida.

El famoso grabador alemán Alberto Durero, uno de los grandes de la Historia del Arte, mantenía con Patinir una relación de amistad y admiración mutua desde que se conocieron con motivo de su viaje a los Países Bajos entre 1550 y 1551. En su “Libro de Viaje” describió a Patinir como como “der gute Landschaftmaler” («el buen pintor de paisajes»). Sabemos que acudió a su segunda boda y gracias a unos grabados que le regaló tenemos la única imagen de Patinir que se ha conservado gracias a la versión de Cornelis Cort, ya que los originales se perdieron.

En torno a la pintura de Patinir han surgido asuntos curiosos y anecdóticos. Por ejemplo, sabemos que firmó sus primeras obras y las últimas las dejó sin firmar. Sin embargo, sus contemporáneos descubrieron que en muchas de sus obras aparecía la pequeña figura de un hombre defecando, hecho que le valió el apodo de “Kaker” (“El defecador”) y que corriese la creencia de que era una manera “secreta” de firmar. Otras teorías apuntan a que se trata de figuras alegóricas al pecado, al infierno y a la muerte.

Otro elemento que hemos podido saber sobre este autor era que representaba la vegetación con gran precisión. A esta conclusión llegó el investigador botánico, paisajista, jardinero y maestro de jardineros Eduardo Barba que, ha inventariado, de las aproximadamente 1.700 piezas que muestra el Prado, todas aquellas en las que aparecen plantas y que podemos conocer a través de esta conferencia.

El Museo del Prado le dedicó una exposición en el año 2007, comisariada por Alejandro Vergara (Jefe de Conservación de Pintura Flamenca y Escuelas del Norte hasta 1700), en la que se lograron reunir la 29 obras conocidas.

Además, produjo un documental titulado «Patinir y la invención del paisaje» que, por su calidad y valor, recomiendo a todo aquel que quiera profundizar en la obra de este pintor. En el siguiente vídeo se puede ver un resumen.

Y es que Patinir es un pintor cuyas obras mezclan realidad y fantasía, haciéndonos imaginar y elucubrar qué está pasando en esos paisajes que evocan su Dinant natal.

Chema Madoz, la poesía visual que nos lleva a otros mundos [#JuevArte]

“Recuerdo una anécdota de mi infancia… Cuando tenía cuatro años, mi madre me llevó a unas clases que impartía una señora en su propia casa. El primer día, todos los demás niños estaban sentados alrededor de una mesa grande en la cocina, y no había espacio para mí. La profesora me dijo: ´No te preocupes, ahora mismo te preparamos un sitio´. Y abrió la puerta del horno para que me sirviera de pupitre. Me senté en mi banqueta, con el cuaderno sobre la puerta abierta, mirando el interior negro del horno”. Chema Madoz siempre se refiere a esta experiencia, que vivió siendo un niño, como el primer momento en el que tuvo la certeza de la gran cantidad de oportunidades de interpretación que tenían los objetos, y es que este carismático fotógrafo ha logrado crear un estilo personal en el que utiliza objetos cotidianos y logra dotarlos de un significado que va más allá de lo evidente, porque Chema Madoz mira las cosas de otra manera. En su inagotable imaginario caben tantas ideas como objetos utiliza para darles forma, creando auténticas poesías visuales, imágenes que hablan.

Chema Madoz nació en Madrid en 1958, vivió en el castizo barrio de San Blas y estudió Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. Su primer contacto con una cámara fotográfica se produjo por casualidad: con motivo de un viaje -y como no tenía suficiente dinero para comprarse un equipo de música, objetivo por el que estaba ahorrando-, decidió invertir el dinero que tenía en comprar una cámara de fotos, una Olympus OM2 Réflex. Y se produjo el flechazo, el amor a primera vista. 

A partir de ese momento, su pasión por la fotografía fue aumentando exponencialmente, hasta el punto de que decidió abandonar su trabajo en una sucursal bancaria para volcarse en su carrera como fotógrafo y comenzó a estudiar en el Centro de Enseñanza de la Imagen.

Siempre ha utilizado una técnica analógica y como materiales sólo usa una cámara, un trípode y un fotómetro para medir la luz. Ni zoom, ni gran angular, únicamente utiliza un objetivo normal que es la forma más parecida a cómo vemos los humanos los objetos. Además, sus fotografías son siempre en blanco y negro, y cuando se le pregunta acerca de ello siempre responde que “porque considero que marca una distancia con la realidad”.

Tras unos inicios en que llamó la atención de importantes galeristas por su peculiar estilo, realiza su primera muestra individual en la Real Sociedad Fotográfica de Madrid en 1983. Pero su presentación al gran público no llegó hasta el año 2000 con la exposición que le dedicó el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía titulada “Madoz. Objetos 1990-1999”, primera retrospectiva que este museo dedicaba a un fotógrafo español. En ella pudimos ver obras que se convirtieron a partir de ese momento en icónicas y el éxito fue apabullante.

Ese mismo año le llegó el mayor reconocimiento a su trayectoria, el Premio Nacional de Fotografía, lo que dio un espaldarazo definitivo a su carrera que no ha dejado de crecer y desarrollarse, pero siempre sin alejarse de ese imaginario tan particular y evocador en el que una cuchara proyecta la sombra de un tenedor, una nube se convierte en la copa de un árbol o unas vías de un tren de juguete sirven como correa de un reloj.

Esa capacidad para manipular los objetos y reinventar su significado, logra crear una complicidad con el espectador que en algunas ocasiones se convierte en un juego y en otras en un auténtico ejercicio humorístico. Sus fotografías tratan de poner a prueba nuestra inteligencia, de convencernos de que el significado que percibimos de sus composiciones son sólo un agujero que él ha encontrado dentro de la realidad y que nos pone en contacto con otros mundos. 

Otra peculiaridad es que nunca fotografía personas (excepto en el inicio de su carrera), hecho que él mismo explica diciendo que su objetivo es transmitir conceptos, ideas, y si representara a personas debería captar la psicología y las emociones de los modelos, algo que no le interesa.

Con respecto a su forma de trabajar, Chema Madoz siempre tiene el mismo objetivo: crear asociaciones de objetos que nos pongan en contacto con otros mundos, pero llega a él por dos caminos distintos. El primero comienza cuando acude al Rastro, a diferentes establecimientos o, simplemente, caen en sus manos objetos cotidianos y los almacena en su estudio. Entonces empieza a experimentar con ellos, hasta que encuentra a través de asociarlos, la combinación que logra dar un sentido distinto al preconcebido, al tradicional, al que estamos acostumbrados. Es decir, busca en los objetos elementos que le ayuden a generar una una idea o concepto.

En otras ocasiones, sin embargo, actúa de manera inversa: tiene una idea y se lanza a buscar objetos que le permitan lograr traducirla desde su cabeza a una composición material. En este caso son los objetos que ha encontrado los que le ayudan a conseguir plasmar esa idea.

La técnica tan depurada y precisa que utiliza, unida a ese universo tan particular, logra que cuando veamos una fotografía de Chema Madoz rápidamente la identifiquemos, que no dudemos de quién es el autor: es el sueño de cualquier artista, ser reconocido por su estilo. 

Hay quien ha querido ver como elementos que han influido en su estilo las famosas “Greguerías” de Ramón Gómez de la Serna y los Haikus orientales, pero él atribuye esta facilidad y gusto por asociar objetos a su condición de hijo único, hecho que le obligó a esforzarse por encontrar la manera de experimentar y crear mundos paralelos él solo con sus juguetes para entretenerse.

Ha realizado colaboraciones con importantes figuras de otras disciplinas como con el poeta Joan Brossa -junto con quien escribió el libro “Fotopoemario”- y con la diseñadora de moda Purificación García, de quien realizó las imágenes de varias campañas publicitarias.

Chema Madoz es el fotógrafo preferido de muchas personas, y espero que después de leer este post y disfrutar de sus fotografías (a las que nunca pone título), tú lo incluyas, al menos, en la nómina de tus favoritos y te animes a vivir de vez en cuando en los mundos que sus creaciones nos proponen. Es una experiencia evocadora y mágica.

Fotografías:

www.chemamadoz.com

www.museoreinasofia.es

@ChemaMadoz

Para saber más:

  • Información de la exposición que le dedicó, en el año 2000, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía titulada “Madoz. Objetos 1990-1999”

https://www.museoreinasofia.es/exposiciones/madoz-objetos-1990-1999

  • Programa “Imprescindibles” “Regar lo escondido» de RTVE

http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-chema-madoz-regar-escondido/5158161/

  • Entrevista en la Fundación Juan March el 31 de mayo de 2018